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Mayra Soria30 enero, 201810min1130

La ruta republicana es una vía muerta”. Así de rotundo fue el socialista Luis Jiménez de Asúa, padre de la Constitución republicana de 1931, en una carta dirigida a Indalecio Prieto en 1948. La frase llama especialmente la atención por haber sido escrita tras el fracaso del Pacto de San Juan de Luz entre monárquicos y socialistas, que alejaba, tal vez para siempre, la posibilidad de una restauración monárquica apoyada por el PSOE. Pero los hechos eran tozudos y parecían indicar que restablecer a la vez la libertad y la república era una empresa fuera del alcance de las limitadas fuerzas de la izquierda. Había que elegir, y colocados en esa tesitura la respuesta de los socialistas no podía ser otra que la que dio Largo Caballero poco antes de morir: “¡Libertad, libertad, libertad! Luego que le ponga cada cual el nombre que quiera”.

La Monarquía constitucional encarnada en su día por Juan Carlos I fue la plasmación de un gran pacto entre la democracia y la Corona que debía servir para hacer viable la una y la otra y poner fin a sus viejas desavenencias. Fue una solución original, una Monarquía a la carta que cada cual podía entender a su manera, poniendo el acento en la continuidad de la dinastía o en la ruptura con los usos más anacrónicos y menos democráticos de la institución. Era continuista y rupturista al mismo tiempo, una verdadera cuadratura del círculo que algún dirigente de la izquierda, en pleno fervor juancarlista, definió como una “república coronada”. Su originalidad no radicaba, naturalmente, en su carácter constitucional, común a todas aquellas monarquías europeas que superaron con éxito el desafío de la modernidad. Lo que le ha permitido adaptarse a los nuevos tiempos ha sido su carácter meritocrático, que obliga a la monarquía a justificar su existencia mediante una legitimidad de ejercicio derivada del papel del rey. En el caso de Juan Carlos I, sus indudables méritos desde la Transición le valieron el reconocimiento de una buena parte de la sociedad española, que se hizo juancarlista sin ser necesariamente monárquica. Fiel a esa misma lógica utilitarista, los deméritos acumulados en los últimos años de su reinado —“lo siento, me he equivocado”— le llevaron a renunciar al trono ante el riesgo de que su creciente impopularidad afectara a la propia institución. Su abdicación reafirmaba aquel principio tácito acuñado en la Transición según el cual la Monarquía tenía que someterse a un plebiscito cotidiano para verificar su utilidad. Como dijo un exministro socialista en los años noventa, “si la Monarquía funciona, ¿para qué cojones vamos a cambiarla?”. El problema era si dejaba de funcionar, o al menos se extendía esa percepción.

Felipe VI heredó en 2014 una institución en horas bajas por los escándalos que salpicaban a una parte de su familia en un momento de grave crisis económica y alta sensibilidad social. La Corona resultaba además especialmente vulnerable al mantra antisistema del “no nos representan” por su precaria legitimidad formal, mayor aún que la de las instituciones electivas, también muy cuestionadas. En esa difícil coyuntura, la actuación del Rey debía cumplir dos condiciones que sobre el papel parecían imposibles de conciliar: por un lado, mantenerse en los estrechos márgenes de cualquier monarquía constitucional despojada de poder efectivo y, por otro, demostrar la utilidad de la institución en un momento de crisis. Hacer y no hacer al mismo tiempo: tal era el dilema con el que el nuevo Rey empezaba su reinado hace casi cuatro años.

El problema de una Monarquía meritocrática sin posibilidad de hacer méritos que justificaran su existencia se resolvió de entrada mediante una prudente política de control de daños: imagen de austeridad, alejamiento de su hermana, discreta exposición al problema catalán. Pero era inevitable la comparación entre Felipe VI y su padre, artífice de una concepción muy personal de la Corona llamada a sobrevivirle en el trono. Para bien o para mal, los españoles se habían acostumbrado al juancarlismo, que los más puristas veían como un sucedáneo del verdadero espíritu monárquico, y con esa vara de medir juzgarían el nuevo reinado. Por eso, cuando estalló la crisis catalana muchos pensaron que ese sería el 23-F de Felipe VI. ¿Estaría a la altura?

Cualquiera que sea la opinión que nos merezca su mensaje del 3 de octubre, es innegable que el Rey demostró el coraje necesario para jugársela en un momento crítico asumiendo grandes riesgos, como hizo su padre en la noche del 23-F. El mensaje lanzado aquel día por Felipe VI, junto a la fuga masiva de empresas, fue capaz de reconducir una crisis fuera de control y mostrar la determinación de los poderes del Estado para defender el orden constitucional frente al ciego voluntarismo del procés. La crisis está lejos de haberse superado, pero, tal como ocurrió con el 23-F, la impresión es que la imagen del Rey salió claramente reforzada de aquella dura prueba y que, a los ojos de muchos españoles, aquella noche la Monarquía demostró servir para algo. Puede que su papel ante el desafío independentista le haya servido también para acortar distancias respecto a las nuevas generaciones, mucho más escépticas sobre la utilidad de la institución.

Este es el otro gran frente que tiene ante sí Felipe VI, y en este caso hay que decir que se encuentra en clara desventaja respecto a su padre, cuya meritoria actuación se vio favorecida por el respaldo de una generación de políticos de toda condición identificados con el sentido conciliador y democratizador de su reinado. Por el contrario, el rey Felipe VI, que hoy cumple 50 años, se encuentra en una especie de tierra de nadie generacional entre el presidente del Gobierno, 12 años mayor que él, y los principales líderes de la oposición: Albert Rivera (38), Pedro Sánchez (45) y Pablo Iglesias (39). El problema es aún más grave si tenemos en cuenta la brecha cultural con las generaciones más jóvenes, que apenas han conocido otra cosa que la crisis social y económica de los últimos años. Su desafección a las instituciones tiene mucho que ver con el hundimiento de sus expectativas y con el deterioro de una democracia anquilosada que requiere una urgente puesta a punto. Decía Tocqueville que en las naciones democráticas cada generación es un nuevo pueblo que debe merecer la atención del legislador. Si la crisis catalana es el 23-F de Felipe VI, acercar la Monarquía a las nuevas generaciones y evitar que quede como “una vía muerta”, como lo era la República, según Jiménez de Asúa, en 1948, será la transición que marque al final el éxito o el fracaso de su reinado.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y coautor del libro Rey de la democracia (Galaxia Gutenberg).


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Mayra Soria28 enero, 201811min1150

Siempre es buen momento para decir que todo anda mal. Quien celebra la bondad de sus tiempos cae bajo la ironía de Voltaire, encarnada en su invencible personaje Pangloss, quien, en medio de guerras y desastres sin fin, creía siempre estar viviendo en el mejor de los mundos posibles.

La novela de Pangloss, que lleva el elocuente nombre de su discípulo, Cándido, es una mordaz demolición del optimismo que acompaña al espíritu del progreso. El progreso existe, sin embargo, pese a Voltaire. El progreso material se prueba por sí solo en la calidad y la duración de la vida humana de hoy, comparada con la de hace 100, 500 o 2.000 años.

El progreso moral también puede probarse por el hecho extraordinario de que el hombre, el animal más peligroso del reino zoológico, es hoy menos sanguinario y cruel de lo que ha sido nunca en su historia. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, como quería Pangloss, pero es un hecho que vivimos en el menos violento de los mundos conocidos.

Oigo reír al lector, pero esta es la materia asombrosa y consistente del libro de Steven Pinker: The better angels of our nature. Why violence has declined?(Penguin 2011). Pinker demuestra ahí, con lujo de estadísticas históricas, que la humanidad nunca ha sido menos violenta que ahora. Nunca ha muerto menos gente en campos de batalla, ni la guerra ha cobrado menos vidas, como en los últimos 50 años. Nunca la especie humana ha compartido valores civilizatorios tan altos.

La visión de Pinker es cualquier cosa menos un recetario de optimismos históricos. Es una exploración científica de la disminución de la violencia en la historia. Me extenderé un poco sobre los números de Pinker, porque contradicen el saber común, y vale la pena oírlos con algún detalle.

El lugar más seguro para vivir que ha existido en la historia de la humanidad es la Europa Occidental de hoy, donde el índice de homicidios es de 1 por cada 100.000 habitantes. La zona más peligrosa que ha existido nunca es la comunidad de Kato, California, en los años 1840, donde la tasa de violencia llegó a ser de 1.500 homicidios por cada 100.000 habitantes.

La exploración forense de sitios arqueológicos ha permitido medir la increíble proporción de seres humanos que morían violentamente en la prehistoria. En promedio, un 15% de las muertes totales: 524 homicidios por cada 100.000 habitantes. El primer gran arco de disminución de la violencia fue el fin del nomadismo primitivo, esencialmente predador, y la aparición de las sociedades agrícolas sedentarias, que dieron paso a distintas formas de Estado.

El lugar más seguro para vivir que ha existido en la historia es la Europa Occidental de hoy.

El Estado fue entonces el gran pacificador. También fue el origen de las guerras subsecuentes de la historia: las pequeñas, las grandes y las hemoclísmicas.

Pero, en términos del proceso civilizatorio, como lo llamó Norbert Elías, la violencia que el Estado redujo fue superior a la que creó. El Estado teocrático azteca tenía una tasa de 250 homicidios; muy alta, pero la mitad de la de las sociedades prehistóricas, anteriores al Estado.

La Francia de la Revolución y de las guerras napoleónicas tuvo un promedio de 70 homicidios por cada 100.000 habitantes, cifra sorprendentemente baja comparada con la de siglos anteriores. Las guerras mundiales del siglo XX arrojaron tasas de violencia de 144 muertes en Alemania y 135 en la URSS.

Desde el fin de la II Guerra Mundial, el número de muertos en guerras, entre naciones, guerras civiles, guerras étnicas y religiosas, y actos terroristas, no ha hecho sino descender, al tiempo que asciende en todos los órdenes algo parecido a la “paz perpetua” imaginada por Kant, en la que triunfan, paso a paso, los mejores impulsos de la naturaleza del animal moral que es el hombre: la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la razón.

La melancolía social no se disipa con estadísticas, desde luego: en los años en que menos seres humanos mueren en conflictos bélicos tenemos la sensación térmica de un mundo violento como nunca. La caída del muro de Berlín puso fin a la Guerra Fría y abrió paso a un momento de paz y prosperidad cuyo trofeo mayor fue la unificación de Occidente en los valores de la democracia, la prosperidad, el libre comercio, la cooperación entre las naciones, la globalización y el fin del fantasma de la hecatombe nuclear.

La construcción del muro de Trump resume y representa lo contrario: la llegada al poder, en la potencia hegemónica de Occidente, de un presidente cuya utopía regresiva (“Make America Great Again”) está construida con el viejo discurso de la discriminación racial, el rechazo al libre comercio, el unilateralismo diplomático, el aislacionismo estratégico y la amenaza nuclear, vertida en estos días sobre Corea del Norte.

El único riesgo es la confrontación nuclear, con la que Trump amenaza a Corea del Norte.

Apenas puede exagerarse la intensidad con la que se abren paso en los países centrales de Occidente algunos de los viejos demonios aislacionistas, nacionalistas, xenófobos, racistas y aún antisemitas. Es una oleada de regreso a lo peor del pasado ante la frustración por lo peor del presente. Explica por igual el Brexit, el ascenso del nacionalismo, la xenofobia y la derecha en Europa, así como la victoria de Trump, vocero de la parte más vieja, menos abierta al futuro, de su sociedad.

La paradoja no deja de ser inquietante: la sociedad más moderna del mundo ha elegido como presidente al emisario de una utopía regresiva que quiere volver el reloj de la historia atrás y reponer la grandeza pasada de Estados Unidos: con riesgo nuclear, con exclusión migratoria, con discriminación racial, con proteccionismo comercial, con bilateralismo diplomático, con aislacionismo, más que con responsabilidad de gran potencia.

Regreso a Pinker y a su visión del progreso civilizatorio. Si algo falta en ella es la sospecha trágica, probada por la historia, de que los mejores ángeles de nuestra naturaleza suelen ser vencidos por nuestros peores demonios. La primera guerra mundial interrumpe una de las más largas eras de paz y civilización conocida hasta entonces por Europa.

El proceso civilizatorio de los últimos cincuenta años tiene sólo un riesgo, uno solo, de tornarse súbitamente su contrario. Es el riesgo de una confrontación nuclear, el riesgo con el que Trump juega en estos días en su batalla de amenazas contra Corea del Norte. Si sus amenazas tienen efecto, si el dictador de Corea del Norte llega a convencerse de que efectivamente será, junto con su país, borrado del planeta, ¿qué incentivos tendría para no lanzar su propia bomba?

La deriva de Trump no solo representa un acoso a la civilización, sino un riesgo civilizatorio. De modo que vivimos en el menos malo de los mundos posibles, salvo Trump.

Héctor Aguilar Camín es escritor y director de la revista Nexos.

Redacción El País


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Mayra Soria27 enero, 201811min1170

Hace poco más de cien años, los habitantes de las grandes ciudades comenzaron a buscar fórmulas para contrarrestar el hacinamiento y la polución que volvía irrespirable la atmósfera urbana. Buscaron, al parecer sin mucho ahínco, a juzgar por la falta de espacio y la calidad del aire que tienen hoy nuestras ciudades.

Bolton Hall fue un célebre activista que a finales del siglo XIX inició un movimiento para incitar a la gente, que estaba harta de vivir en Nueva York, a que se mudara al campo. Los pormenores de este proyecto los escribió en uno de sus libros, Three Acres and Liberty (1907), que se puede consultar online de forma gratuita. Ahí expone las ventajas de instalarse en el campo, en una casa rodeada de tres acres de terreno (1,2 hectáreas), un espacio suficiente para montar una granja, un huerto, un plantío, algo que produjera ganancias.

La aventura de independizarse en el campo que Hall proponía en su libro no era solo para liberar al ciudadano de la polución y del hacinamiento; el objetivo principal era independizarlo del sistema económico que estaba articulado, como sigue hasta la fecha, por unos cuantos dueños y una angustiosa multitud de empleados que habían vendido su tiempo, y a la larga su vida, a la empresa de un particular. La idea de Hall no era en ese tiempo ninguna novedad, pero el título de su libro, Tres acres y libertad, nos hace ver la dimensión que tenía entonces esta palabra. Hall invitaba a sus lectores a embarcarse en una aventura incierta, llena de riesgos, que iba a ser implementada por gente de la ciudad que, seguramente, no sabía ni ordeñar una cabra ni dar un golpe a la tierra con el azadón; esa vida azarosa, sin ninguna clase de seguridad, ofrecía Hall a sus valientes seguidores, a cambio de una sola recompensa: la libertad.

La sociedad ha cambiado mucho en los últimos años, la libertad, esa palabra que en el siglo XX gozaba de un sólido prestigio, comienza a perder lustre en este convulso siglo XXI, como sugieren los números que expongo a continuación.

Según datos del Pew Research Center, el 40% de los jóvenes en Estados Unidos cree que el Gobierno debería regular la libertad de expresión cuando lo que se dice es ofensivo, piensa incluso que la autoridad debería intervenir antes de que el discurso ofensivo ocurra. En la segunda mitad del siglo pasado solo el 20% creía que el Gobierno debía regular la libertad de expresión, y unos años antes, en la década de los años cuarenta, la cifra se reduce al 12%.

En EE UU y Europa ha crecido la intolerancia al discurso que se sale de la corrección política.

Este creciente rechazo a la opinión que no es del gusto de la mayoría, se redondea con otros números muy significativos. De acuerdo con un estudio del World Values Survey, antes de la II Guerra Mundial, el 72% de los estadounidenses pensaba que la democracia era un sistema imprescindible para gobernar un país; hoy solo piensa eso el 30%, y además hay un 24% que piensa que la democracia es, directamente, una mala idea.

Los datos vienen de Estados Unidos pero la realidad no es muy distinta en los países europeos, donde el desprestigio de los Gobiernos democráticos ha crecido en los últimos años, igual que la intolerancia al discurso que se sale del cauce de la corrección política.

A un número creciente de ciudadanos del mundo industrializado del siglo XXI les tiene sin cuidado quién los gobierne; mientras les conserven su burbuja de bienestar y seguridad, no importa que el Estado, para protegerlos, tenga que espiar sus conversaciones privadas, ni que les reduzca su margen de libertad.

Antes que la libertad de expresión prefieren la libertad acotada, para no exponerse a opiniones políticamente incorrectas o que difieran de las suyas. Todo gira en torno a la seguridad, a la reducción de riesgos que es la gran obsesión de este siglo, y ese número creciente de ciudadanos ya ha puesto la seguridad por delante de la libertad.

En su ensayo The Complacent Class (St. Martin’s Press, 2017), Tyler Cowen apunta una serie de elementos que perfila con más detalle esta tendencia. La segunda mitad del siglo XX fue un periodo casi feliz para la humanidad: no hubo guerras mundiales, ni demasiadas epidemias, ni grandes descalabros económicos, y en cambio el siglo XXI está afincado sobre un polvorín, a la desconfianza de la gente en el sistema democrático, hay que sumar el esplendor de los fundamentalismos religiosos y de los nacionalismos étnicos; todo esto invita a mirar el futuro con desconfianza, y quién desconfía lo primero que hace es replegarse.

A muchos ciudadanos no les importa que el Estado, para protegerles, espíe sus conversaciones.

La sociedad estadounidense, que fue forjada por miles de aventureros, desde los peregrinos del Mayflowerhasta los incitados por Bolton Hall, ha perdido el gusto por la aventura. En los últimos 50 años se ha reducido a la mitad el número de personas que salían de su Estado natal para ir a buscar una oportunidad en otro, y en los últimos 40 el número de ciudadanos menores de 30 años que son dueños de un negocio se ha reducido en un 65%, lo cual ya indica que los millennials serán la generación empresarial menos productiva de la historia de aquel país.

Otros datos redondean el panorama abúlico que empiezan a ofrecer estos primeros años del siglo XXI: los empleados cambian menos de trabajo que sus padres y tienen mucho menos energía para proyectar e innovar, según los números de la oficina de patentes, que vienen decayendo desde 1999. Y un dato más, que es la viva metáfora de la abulia, del repliegue o, para decirlo con todas sus letras, del miedo que hoy nos define: el número de gente que aplica para conseguir el carné de conducir decae continuamente desde la década de los años ochenta. A este paso, On the Road, la gran novela americana donde Jack Kerouac cuenta un largo viaje en automóvil por Estados Unidos y México, va camino de convertirse en una historia absurda.

Parece que los índices de bienestar con los que se vive en el mundo industrializado han convertido al ciudadano en una criatura temerosa y poco dada a la aventura, que se siente a sus anchas en el reino del pensamiento único lo cual, necesariamente, reduce el espectro de la palabra libertad.

La libertad en los tiempos de Bolton Hall implicaba dejarlo todo y mudarse a vivir al campo en una parcela de tres acres. Establezcamos la escala: la medida de la libertad ha pasado, en poco más de cien años, de tres acres a los 50 centímetros cuadrados que mide la mesa en la que tenemos instalado el ordenador.

Jordi Soler es escritor. Su última novela es El cuerpo eléctrico (Alfaguara).


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Mayra Soria25 enero, 201810min12300

Las pasadas elecciones autonómicas catalanas no deben valorarse únicamente por unos resultados que configuran dos bloques, los separatistas (o independentistas) y los constitucionalistas (o unionistas), en los que los primeros, sin mayoría de votos, pero con mayoría de escaños, decidirán probablemente cuál es el futuro presidente de la Generalitat. Otro factor debe también ser convenientemente valorado: la fuerza política ganadora, en votos y en escaños, es Ciudadanos, un partido unionista y desacomplejadamente no nacionalista.

Este resultado ha alarmado a los sectores nacionalistas, incluso a los más moderados, que siempre habían pensado que jamás ganaría un partido de tal naturaleza. ¿Por qué esta alarma si el constitucionalismo no ha obtenido votos suficientes para gobernar? La razón es la siguiente: por primera vez, el partido ganador en votos y escaños no está en el ámbito de lo que suele denominarse “consenso catalanista”, es decir, la ideología nacionalista transversal que ha dominado la escena política catalana desde 1980.

Este consenso catalanista significa, sustancialmente, el acuerdo sobre dos principios: Cataluña es un solo pueblo (“un sol poble”) y Cataluña es una nación (“som una nació”). Estas afirmaciones no son inocuas sino devastadoras: socavan la democracia constitucional. Veamos.

Los términos pueblo o nación son polisémicos, tienen significados distintos. En su sentido jurídico y político, fundado en las ideas ilustradas y liberales, pueblo y nación hacen referencia al conjunto de habitantes de un Estado unidos por una ley común, hoy la Constitución, garantía de la igualdad de los derechos y libertades de sus ciudadanos. En cambio, en su sentido cultural e identitario, fundado en las ideas historicistas y románticas, la unidad del pueblo está basada en una identidad colectiva única (“un sol poble”) que refleja ciertos rasgos comunes de tipo cultural, lingüístico, étnico, religioso o histórico; por esta razón configura a sus habitantes como iguales entre sí, les dota de un alto grado de solidaridad mutua y los distingue de los demás pueblos o naciones.

La sociedad catalana reacciona: muchos han perdido el miedo frente a la presión independentista

Mancini, a mitad del siglo XIX, formula el llamado principio de las nacionalidades que vincula esta supuesta identidad colectiva con el poder político: “Toda nación (identitaria) tiene derecho a un Estado propio”. Lo que en principio parecía ser un concepto cultural pasa a ser un concepto político: las naciones (identitarias) tienen derecho a un nuevo Estado, a separarse del anterior. Ahí nace definitivamente el nacionalismo político.

Sobre estas bases teóricas se construye el consenso catalanista. Se afirma que Cataluña es un solo pueblo, una nación, por supuesto en sentido identitario, porque se diferencia con el resto de España en lengua, historia, cultura, tradiciones y manera de ser. Así pues, según el principio de las nacionalidades (no el de autodeterminación, reconocido por el derecho internacional, que es muy distinto), Cataluña reúne todos los requisitos de una nación y, por consiguiente, tiene derecho a constituirse en Estado independiente. Este es el relato, como se dice ahora, falso en casi todo, pero seductor.

Sin embargo, en el momento constituyente de 1978, todavía pocos catalanes deseaban un Estado propio. En cambio, había un amplio consenso en reconocer los principios básicos de la tradición catalanista: la Generalitat como poder político autónomo; el catalán, junto al castellano, como lengua oficial, y la protección de una cultura escrita en catalán. La Constitución reconoció ampliamente estos principios que fueron desarrollados en el Estatuto de Autonomía: el catalanismo político había cumplido sus objetivos. Este fue el verdadero consenso.

Pero las primeras elecciones de 1980 las gana Convergència, un partido nacionalista, no meramente catalanista, que no podía conformarse con este marco constitucional y estatutario sino que debía desbordarlo: Cataluña no podía ser una comunidad autónoma como las demás porque era una nación. Así pues, a largo plazo, la acción política de Convergència se dirige a la ruptura con España aunque sabe que esta finalidad no puede ser inmediata y debe procederse antes a un largo período de “construcción nacional”.

Esta consiste, básicamente, en cultivar un narcisismo que acentúe y sublime las pequeñas diferencias con el resto de españoles hasta convertirlas en diferencias antagónicas; en mentalizar a los catalanes de que forman parte de una comunidad que se ve perjudicada al estar integrada en España; en desarrollar la comunidad autónoma como si fuera un pequeño Estado para así, cuando sea posible, poder dar el salto a la independencia. Desde el Gobierno de la Generalitat, se utilizaron tres instrumentos principales: los medios de comunicación, la escuela y el control de la sociedad civil. Nada se hacía en Cataluña sin permiso, la omnipresente sombra de Jordi Pujol era alargada.

Cataluña es una sociedad plural. Debe seguir siendo una comunidad integrada en España y en Europa

Y esta sombra se proyectaba también en los partidos políticos de la oposición y en el tan subvencionado mundo de la cultura. Uno podía ser de derechas, de centro o de izquierdas, era indiferente, pero estaba prohibido discrepar en cuestiones identitarias: lengua, historia, autonomía, cultura. En eso había que obedecer. Disentir en estas cuestiones estaba prohibido y castigado. Los partidos, al igual que el mundo intelectual, se adaptaron a la situación sin rechistar, callaron religiosamente. La última y reciente fase es más conocida: el error del nuevo Estatuto y del Gobierno tripartito, la crisis económica que generalizó el descontento social, las mentiras repetidas una y mil veces, la constante desobediencia al derecho y al orden constitucional. Ahí estamos todavía.

Pero volvamos al inicio del artículo. ¿La fuerza parlamentaria de Ciudadanos, respaldada por más de un millón cien mil votantes, influirá en las posiciones del PSC y del PP, los otros dos partidos del bloque unionista? No me cabe ninguna duda. Es desde el exterior del consenso catalanista que se ha obtenido este resultado. Diría más: se ha alcanzado por situarse precisamente en esta posición. La sociedad catalana empieza a reaccionar: muchos han salido del armario y perdido el miedo frente a quienes nos han querido infundir miedo, se ha dado cuenta de que la política identitaria sólo conduce a la confrontación interna, a la salida de Europa y al aislamiento internacional, a la fuga de empresas y a la caída de las inversiones, al empobrecimiento.

El verdadero consenso se alcanzó en 1978 y no hay que salir de él: autonomía, lengua y cultura. Pero autonomía no es soberanía, lengua es bilingüismo y cultura es toda la que se produce en Cataluña, en el idioma que sea. El paso al nacionalismo fue el gran error. Cataluña no es una nación identitaria homogénea sino una sociedad plural, no debe aspirar a ser un Estado sino a seguir siendo una comunidad autónoma integrada en España y en Europa.

Redacción El País


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Mayra Soria24 enero, 201811min1250

Uno de los cuentos de Las mil y una noches, creo recordar, relata cómo un jovenzuelo quería acostarse con las dos esposas de su padre. Por muchos motivos ellas no estaban de acuerdo. Así que ideó una estratagema. Un día que marchaba con él de casa consiguió que el viejo saliera sin babuchas. Tenían que ir lejos, de manera que se ofreció para ir a buscárselas. Entró en la casa y les dijo a las dos esposas que venía de parte de su padre a cumplir el encargo de cogerlas (se entienda lo dicho en español de México). No le creían, de modo que, saliendo a la puerta, gritó: “Padre, qué cojo… ¿una o las dos?”. A lo que, desde el asno, se recibió la orden: “Las dos, imbécil”. El resto de la historia es fácil de imaginar y sólo tiene un colofón: que desde entonces lo siguió haciendo amenazando a cada una de ellas por separado con contarlo.

Venimos de un mundo, y parte del planeta vive todavía en él, en el que “contarlo” es amenaza más que suficiente para repetirlo. Eso nos da una idea de la magnitud del secreto. “Contarlo”, fuera verdad o mentira, la tumba era de la buena fama de la contada, la cual, por su parte no añadía detalles ni tampoco lo podría negar. El crédito viril era moneda aceptada. Cierto que, a fin de no alentar a los bocazas, se tenían previstas algunas acciones para el caso de calumnia. Pero mejor no llegar a que se diera el caso, porque era la reputación cosa tan de cristal que ya el querer limpiarla la podría manchar.

Como en el mundo los crímenes de honor distan bastante de desaparecer, concédase que no es preciso entrar en mayores entendederas. Si alguna padecía no lo contaba, por su propio interés. Y menos si se daba el caso de no haber ofrecido resistencia heroica. El silencio de ellas corría parejas con la fama de ellos, que algunos la tenían y además la cultivaban, de no dejar que en sus aledaños ninguna conservara su joya si a mano se les ponía. Aquí te pillo, aquí te marco. Porque ellas eran “piezas cobradas” con las que montar el álbum del éxito galante. A esta, a esa y a aquellas cincuenta más. El éxito era conforme si no había por el medio pago, que nadie es tan tonto como para pensar que haya cazador con fama que lo que atrapa sale de las carnicerías. Tema estable, relieves acotados, la figura donjuanesca perfilada. Y con ella se han hecho altares en cantidad.

Las que revolotean, caen. Quien se acerca a uno de estos ya sabe a qué se expone. Marcaje y tanto para el cazador. Muesca en el bastón y a contarlo… si se quiere. Como se decía hace cuarenta años en Francia, “sabemos cuando ha habido cosa entre dos; si es que todavía no, él la mira a ella todo el rato, si es que sí, ella le mira a él…” con esa bendita expresión ovejuna que el informante remedaba sin falsos pudores. De nuevo, las reglas claras y los síntomas a disposición del público.

Empero, desde que las mujeres, y no todas, sólo por aquí, por estas sociedades nuestras, hacen ensayos de libertad, el terreno se ha llenado de baches. La manera en que en los buenos tiempos se defendía un violador, por ejemplo, era simplemente afirmando que ella quería, pero que cambió de opinión en el último momento. Atada quedaba la mosca por el rabo. Porque ya ni la resistencia heroica servía de prueba en contra. Hubo resistencia porque hubo cambio de tendencia, culpable, porque todo el mundo sabe que, cuando se llega a determinados asuntos y niveles ya no es cosa de dar marcha atrás. Casquivanas, idos con cuidado que cuando se rompe la presa se acaba la paciencia. En resumen, que no podía estar mejor armado el tabladillo porque todo era poner un pie en él y caer sin remedio en la trampa. Y te aguantas. Eran aquellos tiempos en los que el “no es no” no había comenzado la carrera.

El teatrillo anda ahora caduco por varias partes tanto que tiembla a la menor. Resulta que son ellas quienes amenazan con contarlo. Dos cosas siempre provocaron la carcajada de nuestros ancestros: que los ratones quisieran ponerle un cascabel al gato y que las mujeres quisieran gobernar, aunque solo fuera sus vidas. Pero es bien cierto que del “contarlo” se siguen en el nuevo escenario consecuencias algo distintas de las pasadas. Para ellas el silencio era la mejor inversión y, sin embargo, ya no lo es. O no se lo creen, que viene a ser lo mismo a efectos prácticos. Primero porque algunas lo intentan contar en el mismo tono que ellos lo hacían, lo que sin duda demuestra una casi completa pérdida de vergüenza. Y porque, añadido a esto, no sólo alardean de no poseer el antiguo cinturón, sino que lo abren o lo cierran con liberal independencia.

La cosa es simple y se llama autonomía. La entendemos relativamente bien si los ejemplos son del campo de la cartera: “No le di el dinero; me lo cogió”, que hace la diferencia entre la dadivosidad y el robo. Pareciera que cuesta más si de sexo se trata. Debe ser porque las mujeres no violan. Recuerdo el caso de un mormón que acusó a una de tal cosa, pero admitamos que no es frecuente. Para el caso del sexo somos “seres situados”, esto es, la capacidad y el género de la acción no es simétrico. Pues bien, del mismo modo que habían de preverse señales y topes que impidieran la calumnia en el viejo orden, ahora habrá de apuntalarse otro tanto en el nuevo. La presunción de inocencia no ha decaído de nuestro ordenamiento, sino que goza de buena salud. La credulidad no nos ciega. Podemos preguntar, indagar y establecer bastante en ese campo. Porque la confianza ha de darse a quien la merece. Cuando un tipo se ha hecho una fama debe saber que ya no vive en el mundo que le permita disfrutarla. Es más, que se le puede volver en contra. Las otrora pacientes han llegado, eso parece, al punto de saturación. El telón se ha levantado porque la vergüenza ya no carga en sus espaldas como antes. Y muchas mujeres han sentido esa pérdida de peso como una enorme liberación. En realidad están hartas, soberanamente, de obedecer al viejo que habla desde el asno y tolerar al matón que exige silencio. Han cogido gusto a la libertad, que también consiste en que no te importunen, y han decidido creer en ella.

Quienes se asustan lo hacen, en algún que otro caso, porque con su larga vista ven perfectamente llegar el final del juego. Un juego perverso que ha producido sin embargo algunas satisfacciones subjetivas y un cierto monto de lo que llamamos cultura universal. O sea, que el mundo es una barca, como dijo Calderón de la… En fin, que la autonomía puede sin duda dar alas a la calumnia, que espero que sepamos tratar, pero tiene muchos mejores resultados, en cualquier caso, que el mantener el orden viejo y asnal con sus perversos y callados mandatos. Se ha levantado el telón y puede que definitivamente. Ahora lo que da vergüenza es aguantarse.

Redacción El País


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Mayra Soria23 enero, 20185min1280

España._ Lucía y Rafael podían haber muerto de pura vejez, él antes que ella o ella antes que él, como cualquier matrimonio que dirime esta cuestión como la más importante tras compartir una vida y, en este caso, una edad: 87 años. Pero dos chavalillos de 14 y otro de 16 entraron supuestamente en su piso de Otxarkoaga, les golpearon y acuchillaron con ensañamiento y brutalidad hasta matar a los dos, juntos y a la vez, dejándonos un charco de sangre y preguntas distintas a la que cualquier pareja longeva se suele plantear: quién se irá antes, qué pasará si eres tú, qué pasará si soy yo, qué hará el que quede.

OPreguntas distintas, dejaron, a las que ninguno podemos responder: ¿cómo pueden matar unos críos a unos seres indefensos que podían ser sus propios aitona y amona? ¿cómo pueden andar sueltos por la vida? ¿es justo que su corta edad les libre del rigor que guarda el Código Penal para los adultos? ¿si son tan crueles y procaces como para matar, no lo deben ser también para pagar por ello?

Las preguntas se han acentuado, además, porque varios barrios de Bilbao se han visto azotados por una salvaje delincuencia infantil que ha incluido: la muerte del futbolista Urrengoetxea, asaltado a las cuatro de la mañana por un chaval de 13 y otro de 16; la violación de una menor por varios chicos, dos de ellos menores; varios asaltos en la calle con pitbuls, porras extensibles y puños americanos, y otros asaltos en viviendas. Varios delincuentes están conectados y otros no.

Las primeras reacciones en el vecindario de Otxarkoaga hablan de un fallo institucional en una zona humilde y conflictiva donde desde hace un par de años se había dado la voz de alarma ante la ola de delincuencia juvenil. El presidente de la Asociación de Familias del barrio reclama un “empujón educativo, asistencial, económico, de empleo, ocio y vivienda” tras el relajamiento de los últimos años. Los supuestos responsables ya han sido detenidos y recluidos en un centro de menores. Pero los dos de 14 años, como los dos responsables del homicidio de Urrengoetxea, han sido definidos como chavales con problemas de integración social.

Otros sucesos no tienen fácil explicación, o simplemente explicación. El asesino de la catana mató a sus padres y su hermana y aún hoy lo intenta explicar en un documental sin que lo logremos entender. Philip Roth noveló en Pastoral americana el descarrilamiento de una adolescente pija que abrazó el terrorismo a los 16 años y que —preguntada por su padre cuando al fin la encontró mucho después quién le había ordenado los atentados de protesta contra la guerra del Vietnam— respondió como si tal cosa: “Lyndon Johnson”. Vean la película de Ewan McGregor, disfruten de su interpretación.

El mal requiere actuaciones públicas, sobre todo previas, para evitarlo con anterioridad. Los mecanismos para ahuyentarlo y favorecer la integración deben funcionar sin descanso. Pero a veces, simplemente, el mal recorre su camino sin que logremos encontrar respuesta a la pregunta más elemental: ¿Por qué? Lo sé: es una gran frustración.

Redacción El País


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Maria Jose Toledo22 enero, 20184min11340

La organización no gubernamental Human Rigths Watch (HRW) difundió días atrás su informe anual sobre el estado de los derechos humanos en el mundo, en el que hace algunas reflexiones importantes –y preocupantes– acerca de la implementación del acuerdo de paz en Colombia.

Dos asuntos muy concretos centran la atención de HRW. Uno es el castigo previsto por el acuerdo a los guerrilleros responsables de delitos atroces, que la organización considera demasiado leve.

El otro es la definición de la “responsabilidad de mando”, que, en el caso colombiano, se aleja de las normas fijadas por el derecho internacional en beneficio de los exlíderes de las Farc.

Con respecto al castigo, HRW mantiene su crítica, ya expresada en ocasiones anteriores, al hecho de que las penas no incluyan la privación de libertad. De acuerdo con la organización, el acuerdo solo prevé, para los casos más graves, restricciones a la libertad de movimiento en “lugares de residencia” cuya ubicación y naturaleza no se han definido con claridad.

En lo que concierne a la responsabilidad de mando, y siempre de acuerdo con HRW, el derecho internacional establece que un comandante puede ser penalmente responsable “si tenía motivos para saber y debería haber tenido conocimiento” del delito. Sin embargo, el desarrollo del acuerdo de paz abriría la puerta a la interpretación de que la justicia debe probar fehacientemente que el comandante tenía conocimiento del delito, lo cual muchas veces es difícil, por no decir imposible, probar. En una carta que el director de HRW, José Miguel Vivanco, envió en octubre pasado a los presidentes del Senado y la Cámara ya llamaba la atención sobre este complejo tema.

A todo ello se suma la posibilidad, también criticada por HRW, de que líderes guerrilleros, condenados o procesados por crímenes de lesa humanidad, y que aún no han pasado por la JEP, puedan aspirar al Congreso e incluso a la Presidencia de la República.

No cabe duda de que el acuerdo de paz y las normas que lo implementan presentan puntos muy polémicos. Habrá que ver cómo actúa la justicia transicional en los casos de responsabilidad de mando y ante la posibilidad –muy difícil de digerir– de que un exguerrillero con graves crímenes a sus espaldas pueda conciliar la condena de la JEP con el ejercicio de un cargo en el Congreso.

Sobre las penas, parece difícil revertir lo que establece el acuerdo de paz, en el sentido de que los exguerrilleros que confiesen sus crímenes pagarán a lo sumo ocho años de restricción de movimientos en “lugares de residencia”. Lo mínimo que cabe esperar es que se cumplan los objetivos de ese internamiento. No es mucho pedir para quienes no pisarán una cárcel.

Redacción: El Heraldo


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Maria Jose Toledo21 enero, 20182min9890

Cómo se fabrica un bestseller? Así. La editorial Henry Holt lanza un comunicado explicando que pronto aparecerá el libro Fire and Fury del periodista Michael Wolff, que revela muchos secretos sobre Trump en la Casa Blanca, y da algunos ejemplos particularmente escandalosos.

De inmediato el presidente Trump reacciona con su virulencia acostumbrada en sus tuits matutinos y sus abogados anuncian que acudirán a los tribunales para evitar que ese libelo calumnioso se publique.

La editorial adelanta la salida del libro al día siguiente. Yo estaba en Miami y traté de comprarlo ese mismo día. Imposible: en todas las librerías de la ciudad se agotó en dos o tres horas.

El dueño de Books and Books, mi amigo Mitch, tuvo la bondad de regalarme su ejemplar. La editorial anunció que la millonaria segunda edición de Fire and Fury aparecerá en pocos días.

De este modo, Trump y sus abogados consiguieron que un libro sin mérito alguno —uno más entre las decenas que se publican sobre el nuevo ocupante de la Casa Blanca— circule como pan caliente por todo el mundo.

Y, de paso, han hecho millonario a su autor.

MARIO VARGAS LLOSA

Redacción: El País


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Maria Jose Toledo20 enero, 20185min790

Cuando se cumple el primer año de la toma de posesión de Trump, el mundo sigue desconcertado por la capacidad de resistencia en el cargo de un presidente que, pese a su obvia falta de idoneidad para el desempeño de esa magistratura, no solo sigue en él, sino reforzándose cada día frente a sus rivales y enemigos, dentro y fuera de sus filas.

Trump ha roto todos los moldes y desafiado todos los usos y costumbres. Quienes pensaban que una vez en el Despacho Oval el multimillonario neoyorquino tomaría conciencia de la responsabilidad que ostenta, moderaría sus formas y daría otro tono a sus palabras y actos no tienen más remedio que reconocer que estaban equivocados. Pero Trump ha sido fiel a su estilo sembrando el desconcierto y la indignación entre particulares, sectores sociales y países enteros.

La sociedad estadounidense está hoy más dividida que nunca mientras que el orden mundial se resiente ante el unilateralismo practicado por Trump. Dentro de EE UU, Trump ha profundizado la brecha entre quienes le apoyan y los críticos a su gestión, creando una peligrosa dinámica amigo-enemigo, de la que sacan tanto partido los populismos. Ha colocado a 11 millones de inmigrantes ilegales en el punto de mira, utilizándolos además como chivo expiatorio permanente de males que él como presidente tiene la responsabilidad de combatir, como el terrorismo o la delincuencia.

Sus medidas económicas, aunque han estimulado la economía y la creación de empleo, lejos de ayudar a las clases empobrecidas que creyeron sus promesas, han aumentado todavía más las diferencias con los ricos y desmontado el bosquejo de Estado de bienestar que Obama había comenzado a construir con la asistencia sanitaria universal. Sus insultos a periodistas, políticos, actores y cualquiera que se le haya puesto a tiro en Twitter han sido incesantes, dando una lección de irresponsabilidad en el uso de las redes sociales. Y finalmente la confusión permanente entre sus actividades privadas y su cargo, el papel irregular que juegan en la Administración su hija Ivanka y su yerno y las sonadas desavenencias y rupturas con sus colaboradores han hecho de la Casa Blanca un nido de rumores más que un órgano de gobierno estable y predecible.

En el exterior de EE UU la huella de Trump no ha sido mejor. Los insultos a sus vecinos —desde México, como país de violadores y narcos, a El Salvador y Haití, como agujeros de mierda—, las bravatas con las que ha gestionado crisis como la de Corea del Norte o Irán han sido acompañadas de un empeño deliberado en debilitar el orden multilateral construido tras el final de la II Guerra Mundial. Su abandono o anuncio de abandono del Acuerdo de París, del Tratado de Libre Comercio con Canadá y México, del Tratado del Pacífico, de la Unesco, su retirada de fondos a la ONU, están causando un gravísimo daño al prestigio internacional de EE UU y a las relaciones con sus aliados. Sin embargo, esa firmeza se ha evaporado a la hora de tratar con el autoritarismo ruso —cuyo papel en la elección de Trump está demostrada— China o Arabia Saudí. El balance no puede ser peor, pero nada parece indicar que Trump, y con él, los demás, haya tocado fondo.

Redacción: El país


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Maria Jose Toledo19 enero, 201810min690

La celebración de la cumbre One Planet, impulsada por el presidente francés Emmanuel Macron y que contó con la presencia de más de 50 jefes de Estado y de Gobierno, concluyó con un llamamiento a la comunidad internacional para actuar sin demora, ante el riesgo de que podamos estar perdiendo la batalla contra el calentamiento global.

Ese riesgo está reflejado, entre otros estudios, en un informe reciente de Naciones Unidas que alerta sobre el diferencial existente entre la senda de emisiones a la que llevarían las contribuciones climáticas nacionales presentadas tras el acuerdo de París y los objetivos fijados entonces. Así, las propuestas de los países firmantes conducirían a un aumento de la temperatura global que superaría con creces los 3 ºC a final de siglo, frente a los 2 ºC comprometidos. De hecho, y después de tres años de estancamiento, las estimaciones del Carbon Disclosure Project indican que las emisiones mundiales de CO 2 volverán a crecer en 2017 hasta igualar el mayor registro histórico, debido principalmente al incremento en el uso del carbón, que sigue siendo la fuente de producción del 40% de la electricidad global y es el mayor generador de dióxido de carbono. Estos datos han llevado a Patricia Espinosa, secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, a afirmar que “la eliminación del carbón como fuente de energía es una prioridad”.

Y así lo han entendido también la veintena de países que han suscrito un compromiso para acelerar el crecimiento limpio y lograr la eliminación rápida y gradual del uso energético del carbón, alianza a la que se ha unido Iberdrola junto a otras grandes empresas. Entre los impulsores del acuerdo se encuentra Reino Unido que, tras establecer un suelo al precio del CO 2, ha provocado que la producción eléctrica de las centrales térmicas de carbón haya pasado de representar el 40% del total del país en 2012 al 9% en 2016 y a solo el 2% en el pasado mes de julio.

Es necesario contar con una política energética clara y una regulación estable y predecible

La transición energética hacia un modelo sostenible, seguro y competitivo que sustituya la producción con fuentes contaminantes por energías limpias e intensifique la electrificación de la economía mundial es la única solución capaz de conciliar la satisfacción del fuerte crecimiento de la demanda energética con el cumplimiento de los objetivos climáticos globales. Y es posible acelerarla, estableciendo la planificación energética adecuada para impulsar definitivamente la descarbonización de la economía y procurando un reparto justo de los costes de acción por el clima entre los diferentes sectores, de acuerdo con el principio “quien contamina, paga”.

Partiendo de un diagnóstico acertado, la UE avanza en la dirección correcta con iniciativas como el paquete Energía limpia para todos los europeos, impulsado por el comisario Arias Cañete. Porque, como bien afirmaba Manuel Marín, ex vicepresidente de la Comisión Europea, “el talón de Aquiles de Europa es la ausencia de una política común energética y el cambio climático difícilmente se podrá abordar si no somos capaces de determinar un modelo energético”. Como parte fundamental de ese paquete energético, la CE ha lanzado la Plataforma de las regiones mineras en transición, a la que se han sumado nuestras comunidades de Castilla y León y de Asturias. Esta iniciativa va a ayudar a las comarcas mineras a realizar una transformación hacia una economía moderna, sostenible y sólida colaborando en la creación de nuevos empleos, evitando el “éxodo” de nuevas generaciones y promoviendo las inversiones en nuevas tecnologías.

La tendencia imparable hacia las energías limpias exige aprovechar el enorme potencial transformador de las soluciones con las que cuenta el sector eléctrico. Para lograrlo es preciso contar con una política energética clara, y con una regulación estable y predecible, capaz de atraer los capitales necesarios para acometer fuertes inversiones que se requieren en energías renovables y redes. La seguridad del sistema estaría garantizada con un diseño de mercado que permita disponer de potencia firme y flexible para respaldar a las energías renovables, intermitentes por naturaleza, cuyos costes se han abaratado enormemente gracias a la madurez alcanzada por las tecnologías eólica y fotovoltaica. Los sistemas tarifarios, por su parte, deben reflejar adecuadamente los costes reales de producir, distribuir y suministrar electricidad a los clientes, liberándolos de las actuales cargas no relacionadas con el servicio, que en la actualidad alcanzan el 50% de las tarifas pagadas por muchos europeos.

Las tarifas deben reflejar los costes reales de producir, distribuir y suministrar electricidad.

La financiación es el tercer vector imprescindible para acelerar la transición hacia la descarbonización de la economía. Organismos como el Banco Mundial han anunciado que a partir de 2019 dejarán de financiar proyectos de extracción de petróleo y gas; un grupo de importantes fondos de inversión y de pensiones, que gestionan más de 22 billones de euros en activos, va a exigir a determinadas empresas que tomen medidas efectivas para reducir las emisiones, mientras que otros han decidido desinvertir en empresas relacionadas con el sector del carbón.

Por lo que respecta a las empresas, Iberdrola se ha unido a otras ocho grandes compañías industriales en un compromiso para redoblar la financiación sostenible, desarrollando el mercado de deuda verde y destinando los fondos obtenidos exclusivamente a proyectos respetuosos con el medio ambiente. Es la hora de la acción y, como afirmaba el presidente del Banco Mundial, las fuerzas del mercado, los inversores y el sector financiero van a ser protagonistas de este movimiento, demostrando que la lucha contra el cambio climático no es solo un imperativo moral, sino que supone también una gran oportunidad de crecimiento y rentabilidad para el sector privado. Ha pasado el tiempo de las declaraciones. Contamos con un diagnóstico certero y conocemos las soluciones. Por tanto, compartimos las palabras del presidente Macron: “Todos tendremos que rendir cuentas si no actuamos”.

Por lo que se refiere a Iberdrola, continuaremos invirtiendo en energías renovables, en las redes necesarias para integrarlas y en almacenamiento a gran escala. Esas inversiones, a las que vamos a destinar 25.000 millones de euros hasta 2020, nos permitirán consolidarnos como una de las compañías eléctricas con menores emisiones y cumplir nuestros ambiciosos objetivos para reducirlas todavía más. Y seguiremos también comprometidos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que hemos incorporado a nuestra estrategia empresarial y a nuestra política de sostenibilidad. La positiva evolución de nuestra compañía en términos de crecimiento, resultados, internacionalización, creación de empleo y riqueza para las sociedades de nuestro entorno demuestra que es plenamente compatible alcanzar objetivos empresariales de rentabilidad y contribuir al desarrollo social mientras se lucha decididamente contra el cambio climático. Una batalla de todos, una oportunidad para Europa.

Ignacio S. Galán es presidente de Iberdrola.

Redacción: El País



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